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Sylvia Plath

Ama de casa, esposa y madre, pero también, y sobre todo, poeta, su madurez artística despierta y se trunca por voluntad propia a lo largo de la década de los años cincuenta y sesenta del pasado siglo.

Así, pues, poeta suicida, su obra y su vida no pueden ya desvincularse, al estar ambas alcanzadas por imposibilidad del lenguaje y, claro está, por la imposibilidad de la existencia misma.

Nacida en Boston en 1932, Sylvia Plath empezó a escribir de niña. Tras unos brillantes estudios en el Smith College, obtuvo una beca para la Universidad de Cambridge, en Inglaterra, donde conoció al poeta T. Hughes, con quien se casó en 1956 y del que más tarde se separaría. Su primer libro, El coloso (1960), puso en evidencia la meticulosidad de su oficio y un estilo muy personal. Luego publicaría bajo el pseudónimo de Victoria Lewis, La campana de cristal (1963), relato autobiográfico del colapso nervioso de una joven. Póstumamente, y de la mano de Ted Hughes, se publicaron Ariel (1965), considerado una de sus mejores obras, Cartas a casa, 1950-1963 (1975) -su correspondencia privada-, Cruzando el agua (1971) y Árboles de invierno (1972), ambos libros de poesía, Johnny Panic y la Biblia de sueños, libro de cuentos y Poemas completos (1981) -que ganó el Premio Pulitzer en 1982-. Ese mismo año se publicaron por vez primera sus Diarios. Sylvia Plath se suicidó en Londres en noviembre de 1963.

Considerada la suya una poesía confesional, en tanto que altamente autobiográfica y estrechamente ligada a la vida cotidiana, la escritura de Sylvia Plath (Boston, 1932 – Londres, 1963) no sigue tanto, sin embargo, una escuela o tendencia concreta sino que más bien sucumbe libremente a la palabra para liberarse, valga la redundancia, del humazo de la cocina, del humazo del infierno, como ella misma escribió en su día.
Poesía de la cotidianidad y muchas veces del hastío, Sylvia Plath es considerada hoy en día una poeta “canónica”, aunque, a juzgar por las reacciones extremadamente polarizadas que sus trabajos suscitaron en la crítica, su poesía puede leerse al mismo tiempo como marginal y subversiva, en tanto que reelabora, re-significándolos, los discursos tradicionalmente masculinos de mitad del siglo XX. Por ello, y siguiendo así el camino abierto por Jane Austen, Mary Shelley o Emily Brönte, Sylvia Plath logró alcanzar una autoridad literaria auténticamente feminista, oponiéndose y adaptándose simultáneamente a los modelos literarios machistas.

Para entender esta “trasgresión” no sólo poética –sino también vital- de la poeta norteamericana, es necesario retomar las tesis de Sandra M. Gilbert y Susan Gubar que, en The Madwoman in the Attic y siguiendo una idea de la mismísima Virginia Woolf, sostienen que toda mujer escritora que quiera ser literariamente autónoma, debe examinar, asimilar y trascender las “máscaras” prototípicas que los escritores, desde su posición dominante y represiva, han creado sobre y para ellas. De entre estas máscaras una destaca por encima del resto: aquella que dócil y obediente sostiene el “ángel de la casa”, muerto viviente cuyo contrario no es otro que el del la Medusa que, rebelde y con iniciativa propia, reivindica una voz propia para sí y para su obra. Es éste un ejemplo de las polaridades paradigmáticas heredadas de la literatura masculina, polaridad que, en el caso que nos concierne, Plath tratará de revisar y reconstruir a lo largo de su producción poética mediante la inclusión del personaje “andrógino” o de la figura del monstruo, que tomará la forma a veces de un ser deforme y terrorífico y, en otros, la apariencia, también pavorosa, de la demencia suicida. 

Ángel de la casa en sí misma, en tanto que madre, ama de casa y esposa, Sylvia Plath consiguió, con su toma de la pluma y el papel, si no aniquilar esa máscara, sí abrirla en canal y mostrar el “monstruo” que, movido por los hilos de la pesadumbre, la impotencia y la anulación, se escondía detrás. Viviendo en sus carnes el conflicto entre permanecer en casa y salir al mundo exterior, Plath sufrió el extrañamiento de moverse entre dos polos que la condujeron casi inevitablemente a un cierto grado de locura, cuando menos de ansiedad. Tal vez sea esta misma razón la que explique el protagonismo del tema del extrañamiento y horror al propio cuerpo en algunas de sus composiciones. En este sentido es importante entender el cuerpo en su relación con el género, entendido éste como representación de estereotipos culturales del patriarcado. Es mediante esta concepción que se explica el “escándalo” social que en su día causaron precisamente aquellos poemas de Plath que exhibían sin pudor los aspectos tabúes que el sistema socio-cultural imperante había impuesto a la “feminidad”. Así, temas como la menstruación, la adicción, la decrepitud física o la masturbación, se erigían insultantes y provocadores en una sociedad que los soterraba bajo el disimulo y el pudor.

En otras ocasiones, la disección del “ángel de la casa” se da no tanto por una afirmación única e inquebrantable de ella misma –ya sea mediante la figura del monstruo o la de la loca suicida-, sino más bien, y aunque parezca paradójico, por una problematización de ese “yo” que la define como sujeto dotado de lenguaje. Enfatizando en su caso el tono confesional, Plath logró crear, con ello, una voz explícitamente propia para explorar áreas de la experiencia que habían sido rechazadas por el formalismo y el academicismo imperante en la poesía americana de los años 50. Fue así como, valiente y segura, consiguió matar de una vez por todas ese “yo” tradicional y homocéntrico, formalista e impersonal, resucitando con ello a un “yo” tal vez desgarrado, tal vez indefinido, pero, precisamente por ello, un “yo” complejo, personal e incomprendido por los agentes de su tiempo.

Artista y creadora, y encontrándose exilada del terreno de la cultura, del intelecto y de la poesía “canónica”, a Sylvia Plath sólo le quedó una alternativa al silencio: erigir, aunque con ello le fuera la vida, una escritura de los bordes, de la inestabilidad y del cambio, capaz de ubicarla en un espacio propio en el que por fin pudiera sentirse cómoda. Quizás no logró nunca encontrar su reino, o tal vez lo encontró cuando era ya demasiado tarde. Sin embargo, si su voz fue acallada en su momento, no lo fue la “risa de la medusa” que radiante, estrepitosa y genial, sigue resonando hoy desde la subversiva y provocadora naturaleza de sus versos.

Dejémosla que siga riendo.








...por Carme Bosch ...por Carme Bosch


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6 comentarios en Sylvia Plath

  1. El primer libro de Sylvia Path, “El coloso” (1960), puso en evidencia la meticulosidad de su oficio.

  2. Tal y como dice la biografía de Sylvia Plath, si escritura no sigue una escuela o tendencia concreta. Ella fue capaz de crear obras de una calidad e interés inmenso.

  3. La intensidad de la vida y de la poesía de esta escritora norteamericana han hecho de Sylvia Plath un mito literario.

  4. Hay una película “Sylvia” donde se relata la vida de esta poeta. Me ha gustado mucho este reportaje, quiero leer escritos de esta autora de vida tan difícil y atormentada.

  5. Sylvia Plath me parece para su época una persona muy especial, que hacia brotar sus sentimientos tan fuertes como el amor que le tenia a T. Hughes y parte importante para su inspiración.

  6. Desde octubre de 2008 está disponible la primera traducción completa al castellano de los “Collected poems” de Sylvia Plath: la traducción ha corrido a cargo del poeta Xoán Abeleira y la publicación de Bartleby Editores.

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