“Platero y yo” se publicó por primera vez en 1914 (el día de Navidad) en la llamada “edición menor” de la editorial La Lectura.
“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Lo dejo suelto, se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas…Lo llamo dulcemente: “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…”
Estas líneas nos traerán gratos recuerdos a todo aquel que lo lea. ¿Quién no ha tenido que leerse este libro cuando aun no mediamos un metro y medio? En mi caso, iba más allá, la profesora de literatura nos preguntaba todos los días para saber si nos lo habíamos aprendido correctamente. De ahí que dedique estas líneas a una obra y a un autor tan necesario en la infancia como el respirar en la vida.
Juan Ramón nació en Moguer (Huelva) en 1881. Estudió el bachillerato en el colegio que los jesuitas tenían en el Puerto de Santa María (Cádiz). Gracias al interés que prestaba por la literatura, Juan Ramón, en fecha temprana, a los catorce años, había leído a Bécquer y a Rosalía de Castro y se iniciaba en la lectura de los grandes clásicos españoles y franceses. Con quince años, se traslada a Sevilla con la idea de estudiar pintura. Sin embargo, muy pronto reveló su verdadera vocación de poeta, postergando lo demás.
Sus primeras colaboraciones en revistas, como Vida Nueva, fueron muy bien acodigas por Rubén Darío y Villaespesa, autores modernistas consagrados, que le invitaron a ir a la capital de España a “luchar por el modernismo”. Fue en 1900 cuando llegó a Madrid y, en seguida, contó con las amistades más prestigiosas en el mundo de las letras.
Sin embargo, la publicación “Ninfas” y “Almas de violeta”, títulos sugeridos por Valle-Inclán, y Rubén Darío, fue recibida desfavorablemente por la crítica y él mismo dejó de incluirlos en sus primeras antologías.
Volvió a su tierra, y al fracaso como escritor se añadió la tragedia de la muerte de su padre. Esta desgracia le afectó de tal manera que necesitó una temporada de descanso para reponerse. Su familia le envió al sur de Francia y allí escribió, bajo la influencia de lecturas simbolistas (Baudelaire, Verlaine, Rimbaud, Mallarmé), su libro “Romas” (1902), en el que recogió las tendencias intimistas del modernismo. A su vuelta a Madrid, coincidió con otros jóvenes escritores, entusiastas también de la poesía y, junto a ellos, fundó la revistas “Helios”, en 1903 (la más importante del modernismo, que en esta fecha realizó una encuesta acerca de la poesía de Góngora, adelantándose así a la revalorización que más tarde harían los poetas del 27), en la que colaboró literaria y artísticamente con dibujos propios.
La obra poética de Juan Ramón Jiménez es muy numerosa, con libros que a lo largo de su vida, en un afán constante de superación, fue repudiando o de los que salvaba algún poema, casi siempre retocado en sus sucesivas selecciones. Las principales son “Poesías escogidas” (1917), “Segunda antología poética” (1922), “Canción” (1936) y “Tercera antología” (1957). Pero la que debemos destacar por su influencia y ternura es sin duda, “Platero y yo”.
“Platero y yo” se publicó por primera vez en 1914 (el día de Navidad) en la llamada “edición menor” de la editorial La Lectura. En enero de 1917 apareció la primera edición completa, en la Biblioteca Calleja, de Madrid. Entre las dos ediciones hay grandes diferencias. Juan Ramón advirtió en la primera que “no era sino una selección hecha por los editores del libro completo”. Efectivamente, de los 136 capítulos que el autor había escrito ya, los editores escogieron solamente 64 que no guardaban el orden primitivo. Por tanto, la primera edición completa es la de Calleja, que recoge la estructura realizada por el autor. Los 136 capítulos originales, más “Platero de cartón” y “A Platero, en su tierra”, fechados en Madrid, 1915 Y Moguer, 1916, respectivamente, constituyen “Platero y yo”.
Acerca de la existencia de Platero, que Juan Ramón considera auténtica (abstracción de los burros, que en Andalucía cumplen un servicio importante), dice: “Platero Es el nombre general de una clase de burro, burro color de plata, como los mohínos son oscuros y los canos, blancos. En realidad mi Platero no es un burro, sino varios, una síntesis de burros en uno solo.”
La figura de Platero, un burro color de plata, síntesis de todos los que le marcaron en la infancia, se convirtió en la ayuda y pretexto de su creador para confiar sus más íntimas emociones.
En ese pequeño universo total, Juan Ramón Jiménez se proyecta en Platero, quien se va transformando hasta adquirir al final una espiritualidad completa. El lirismo de la obra no se limita a la visión del mundo interior de su autor. Traspasa la naturaleza, se fija en la sociedad y denuncia sus defectos y, sobre todo, constituye un ejemplo práctico de pedagogía y moral humanos. Por todas estas razones no es de extrañar que “Platero y yo” se haya convertido en la obra más difundida del autor.
Aparentemente el libro está constituido por breves estampas que entre sí no guardan un orden temático y responden a las impresiones, sensaciones y recuerdos de Moguer en su etapa infantil. En este sentido aparece como un diario en donde se detallan los aspectos más interesantes de la realidad moguereña, del pensamiento y del sentimiento del autor. Sin embargo, ni es un diario ni un libro autobiográfico, sino una selección de historias tomadas de un mismo ambiente real y escogidas entre los múltiples recuerdos del pasado.
Su estructura responde a un esquema circular, cerrado. Comienza en una primavera y termina en la misma estación, de modo que en el ciclo completo de un año se desarrolla la vida de Platero. Su principio y fin aparece unido a la “mariposa”, símbolo del alma ya desde la antigüedad clásica, y por tanto, de la riqueza espiritual, y la “sangre” señal de dolor humano. Entre estos dos extremos, totalmente conectados en la poesía juanramoniana, se encuentran las vivencias de Platero.
En definitiva, la obra, una obra maestra y un ejemplo de ternura y sencillez es de las que deben ocupar un lugar predilecto en nuestro recuerdo.
Como dijo Juan Ramón Jiménez: “Toda la obra está llena de adjetivos como la vida de las caídas, pero ¿quién puede libertarse de las redes de la siesta, del ocaso y de la noche?”.

Otros Reportajes:
Rayuela, de Julio Cortázar »
Pedro Páramo, de Juan Rulfo »




Estás en:



Estás en:
MundoViajes | Grandes Obras | Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez