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Orlando, de Virginia Woolf

Orlando (1928) está considerada por muchos críticos una de las novelas canónicas de Virginia Woolf (1882-1941), juntamente con Mrs. Dalloway (1925), Al faro (1927), Las olas (1931) y Entre actos (1941), y su autora una de las figuras más importantes y prolíficas de la literatura modernista inglesa.

Virginia Woolf perteneció, al lado de Lytton Strachey, E. M. Forster, J. M. Keynes y Roger Fry al Grupo de Bloomsbury, nombre del barrio de Londres donde sus componentes se reunían a principio de siglo. Era este un círculo de artistas para los cuales las emociones estéticas tenían gran importancia, incluso en el orden de los afectos humanos. Dicho grupo constituyó por otro lado un elemento decisivo en la vida cultural inglesa de la primera mitad del siglo XX, caracterizada, principalmente, por una confianza ciega en el progreso y en el hombre. El Grupo de Bloomsbury, guiado en parte por la influencia del filósofo G. E. Moore (1873-1958), luchó contra la hipocresía victoriana y pretendió adoptar un tipo de vida libre y civilizada. La experiencia estética que se vivía en el grupo sintonizaba con el énfasis en las relaciones personales, libres de prejuicios. Hay que decir que, en el caso de Virginia Woolf, su auténtico precursor fue su propio padre, Walter Pater. De hecho, Harold Bloom considera Orlando la novela más pateriana del siglo XX. De la misma manera que Pater y Nietzsche, la forma con la cual Woolf describe y representa la existencia queda justificada únicamente como fenómeno estético. Bloom la define como una “esteta apocalíptica”, puesto que lleva su esteticismo hasta las últimas consecuencias, es decir, a un nihilismo práctico y suicida.

El retrato que Woolf hace de Orlando abarca más de 350 años de la historia y de la cultura inglesas, del período isabelino hasta al primer cuarto del siglo XX, período que corresponde, sin embargo, a veinte años de la vida fisiológica del/a protagonista. El Orlando del principio de la novela es un adolescente de 16 años, amante de la lectura, que vive en la Inglaterra de la época isabelina. Protegido de la Reina, vive un conjunto de aventuras por las calles de Londres, donde descubre los placeres del amor en los brazos de Shasha, una princesa rusa con quien, sin éxito, planea escaparse. Desterrado de la corte, se cierra en su mansión, cayendo en un profundísimo sueño. Cuando, una semana más tarde, se despierta, toma la determinación de convertirse en el primer poeta de su linaje. Invita con tal fin al escritor y crítico Nicholas Greene a vivir a su casa y con él comparte largas conversaciones literarias. Pero Greene termina riéndose de lo que Orlando escribe y éste, dolido, lo echa de su hogar y se refugia en el trabajo de decorar su suntuosa residencia. Antes, quema todas sus obras excepto su primer poema, que rescribe y borra continuamente.

Huyendo de la Archiduquesa Enriqueta Griselda, su última conquista, Orlando se va a Constantinopla como embajador. Dos años después, el día en el que el rey le concede el Ducado, tiene lugar la sublevación turca. Orlando vuelve a caer en un profundo letargo de siete días, después de los cuales se despierta convertido en mujer. Abandona Constantinopla, uniéndose a una familia de gitanos y, con ellos, vive durante un tiempo inmersa en la naturaleza más salvaje. Finalmente, sin embargo, se ve forzada a embarcar hacia la Inglaterra victoriana. Allí se reencuentra con la Archiduquesa, que acaba reconociendo ser un hombre travestido y todavía enamorado de Orlando. Él, contrariamente, decide deshacerse de ella.

Orlando está embarazada. Coaccionada por el espíritu de la época, se ve obligada a buscar un marido. Después de mucho indagar, termina enamorándose perdidamente del temerario capitán Marmaduke Bonthrop Shelmerdine, con quien se casa poco después. Un día, da por terminada su gran obra, “La Encina”, y decide llevarla a la ciudad. Allí volverá a encontrarse con Nicholas Green, que ahora es un prestigioso crítico y que promete publicare el manuscrito muy pronto.

Orlando tiene su primer hijo ya iniciado el siglo. Ella tiene 36 años y, gracias a “La Encina”, se ha convertido en una famosa y aclamada poeta. Hasta que, agobiada por el insoportable peso de la realidad y de la historia, decide volver a la encina que tres siglos atrás la había inspirado tan profundamente. Allí, en medio de una especie de delirio surreal, se encuentra con su adorado marido, justo cuando suena “la campanada duodécima de la medianoche del jueves once de Octubre del año Mil Novecientos Veintiocho”¹.

Uno de los elementos a destacar de Orlando es el tratamiento que V. Woolf hace del tiempo. Orlando vive simultáneamente en específicos períodos temporales: por un lado, en un tiempo cósmico, y, por el otro, en un tiempo mental. La novela puede considerarse fantasía porque convierte el tiempo subjetivo en tiempo literal, confiriendo a su protagonista y a otros personajes (como Nicholas Greene o el capitán Marmaduke), una notoria inmortalidad.

Orlando se ha interpretado como la más feliz huida de Woolf hacia una superación de todas las convenciones de tiempo y de espacio, así como de los condicionamientos de sexo y de sociedad, por la vía de la sátira y del humor. Novela del transformismo, y con la prudencia que caracteriza la sátira de costumbres que encontramos en la obra de Woolf, Orlando opera una perfecta y hábil desmitificación de la sociedad de su tiempo. Pero además, Orlando es también un libro experimental, donde confluye magistralmente un rico conglomerado de géneros literarios distintos: la lírica romántica, el poema caballeresco, la novela victoriana, la biografía clásica y el ensayo.

Sin embargo, el elemento más esencial de Orlando no es tanto la metamorfosis sexual del protagonista, que las teorías feministas han tomado como el símbolo de la represión sexual y social de la mujer, sino, en palabras de H. Bloom, “la comedia, la caracterización y un intenso amor a las épocas de la literatura inglesa”². Orlando, como el Quijote, vive absorbida por la literatura, su verdadera pasión. La misma Virginia Woolf así lo reconoce: “Orlando era un hidalgo que padecía del amor de la literatura”³. De hecho, sus dos grandes amores de carne y hueso, esto es, la princesa Shasha y el capitán Marmaduke, son, en realidad, un pequeño y umbrío reflejo de su auténtico impulso erótico: los libros.

¹ WOOLF, Virginia, Orlando, Edhasa, Barcelona, 1986. (Traducción de Jorge Luis Borges) Pág. 241. Es con estas palabras con las que Woolf concluye la novela.
² BLOOM, Harold, El canon occidental, Anagrama, 1997, Barcelona, Pág. 449.
³ WOOLF, Virginia, Orlando, Edhasa, Barcelona, 1986. (Traducción de Jorge Luis Borges).








...por Coral Malanda ...por Coral Malanda


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1 comentario en Orlando, de Virginia Woolf

  1. ¡Hola Coral!

    Mas que un comentario deseo hacer una rectificación, ya que las personas que no estén familiarizadas con la vida y obra de V. Woolf pueden hacerse una idea falsa de las circunstancias familiares que rodearon a la escritora. En el siguiente párrafo de tu artículo: Hay que decir que, en el caso de Virginia Woolf, su auténtico precursor fue su propio padre, Walter Pater.

    Nombras a Walter Pater como padre fisiológico de Virginia Stephen, este es el nombre de soltera de Virginia Woolf. Su padre era el novelista, historiador, ensayista y biógrafo Sir Leslie Stephen que vivió entre 1832-1904.

    Walter Pater 1839 -1894, fue un escritor e historiador del arte. El grupo de Bloomsbury , se consideraban herederos de las teorías estecistas de Walter Pater que tuvieron resonancia a finales de siglo XIX.

    Viirginia Woolf nace en 1882 y Walter Pater muere en 1894.

    Sería interesante que pudieses rectificar estos errores en beneficio de todos los que nos interesamos por la obra de Virginia Woolf.

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