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Memorias de una enana, de Walter de la Mare

Memorias de una enana (1921) es la autobiografía imaginaria de la señorita M., una “liliputiense” o midget, esto es, una dama de tamaño reducido.

Se trata de la novela más famosa de su autor, Walter de la Mare (1873-1956), escritor británico no muy conocido por el gran público, en cuya obra tienen cabida el cuento, la novela, la poesía, la literatura infantil y el ensayo. Como curiosidad, señalar que Julio Cortázar realizó una traducción del libro al castellano publicada en 1946. No es de extrañar debido a la afición de ambos escritores por el cuidado de la palabra para dar cuenta de lo fantástico revelado en el ámbito de lo cotidiano. Aunque más que dentro del campo de lo fantástico, Memorias de una enana se englobaría en lo extraño, aquello que resulta verosímil según las reglas que rigen la realidad, pero no obstante poco común.

Podría decirse que el libro se inserta dentro de una tradición artística que dirige su atención hacia personajes marginados, segregados como “monstruos” por un entorno social hostil a sus diferencias, y en la que también entrarían películas como La parada de los monstruos (1932) de Tod Browning o El hombre elefante (1980) de David Lynch. La novela de Walter de la Mare ofrece una narración densa y plena de delicadeza, lirismo y penetración psicológica.

El autor acude al clásico recurso ficcional del manuscrito hallado, utilizado frecuentemente en la historia de la literatura incluso en best-sellers relativamente recientes como El cruzado, pues se presenta como las memorias escritas por la propia M. y recogidas por su amigo Walter Dadus Pollacke tras la misteriosa desaparición de ella, que deja como único rastro una enigmática nota en la que dice “haber sido llamada”. 

M. comienza con una declaración de intenciones y de los propósitos que animan la escritura de su autobiografía, lamentándose de que las únicas referencias biográficas que sobre ella han aparecido hasta el momento se centren únicamente en su pequeño tamaño físico, soslayando otros aspectos. Memorias de una enana es un fino retrato psicológico, una honda prospección en la mente y las emociones de un personaje que se sabe “diferente” pero que reivindica su derecho a ocupar con dignidad un lugar en el mundo. Su particularidad no le acarrea durante la infancia una especial desazón, aunque tiene vislumbres fugaces de posibles dificultades que le pueda deparar en el futuro. Sin embargo, su transición a la juventud resulta un duro punto de inflexión, marcado por el fallecimiento de sus progenitores, primero de su madre y después de su padre. Debido a las deudas y problemas económicos de éste, los bienes de la familia se subastan dejando a M. sola y en una posición desventajosa. Su madrina, la señorita Fenne, le pide que vaya a vivir con ella, pero M. rehusa. Finalmente queda al cuidado de la señora Bowater. Su estancia con ella ocupa la porción más amplia de la novela, y comprende una parte muy importante del proceso vital de la protagonista. Su relación con Fanny, la hija de su anfitriona, está marcada por un constante “tira y afloja” afectivo. Fanny se muestra como una muchacha calculadora y de carácter, en ocasiones, tremendamente duro, que no obstante embelesa a la protagonista. Por contraste, M. también conocerá a un semejante suyo, un enano anónimo y misántropo, que actuará como un reducto de comprensión.

Destaca la capacidad de empatía de la protagonista con el entorno natural, su gusto por la soledad, bien en sus estancias infantiles en parajes naturales, o en sus escapadas furtivas durante su temporada como huésped de la señora Bowater para contemplar las estrellas. No sería descabellado aludir a un cierto panteísmo en la visión de la naturaleza que aparece en la novela. Hay una comunión entre el espíritu de la protagonista y el mundo natural, el cual en varias ocasiones se muestra más próximo y menos hostil que la sociedad humana, como un ámbito de revelación. Los escenarios del condado de Kent, donde nació el propio autor (en Charlton, concretamente), tienen un importante peso. Su primera confrontación con el mundo tiene lugar durante el viaje en tren que realiza hacia casa de la señora Bowater acompañada de la criada Pollie, a raíz de la curiosidad espontánea de un niño. Se podría decir que su “entrada en sociedad” tiene lugar de la mano de Lady Pollacke, esposa de quien será más tarde el recolector de sus memorias. Durante su posterior estancia con la señora Monnerie en Londres conoce el lujo y el confort de una vida desahogada en casa de una dama de alta posición, así como el hastío de sentir que está siendo tomada como un juguete, una curiosidad añadida a la colección de bienes materiales de su anfitriona. La temporada con la señora Monnerie se va enrareciendo progresivamente, hasta culminar en un incidente que motiva su “destierro”.

Cierta afinidad de la prosa del escritor con el surrealismo es señalada por Angela Carter, cuyo epílogo a la edición española de Siruela es un valioso añadido, y cuya obra Noches en el circo guarda algunas deudas con Memorias de una enana. Se trataría de un surrealismo no consciente, pues el autor no manifestó en ningún momento adscripción a los postulados surrealistas. Walter de la Mare, en cierto modo, es una rara avis en el entorno literario de su tiempo, pues su obra no es afín a la de los autores representativos del llamado Modernism, como James Joyce. El estilo de esta novela es arcaico en comparación con las innovaciones introducidas por aquellos escritores. Esa condición del escritor, en cierto modo alienada con respecto a ese entorno, se hace patente en su literatura. Aunque en su momento gozó de cierta popularidad –su obra fue alabada por T.S. Eliot–, la narrativa y poesía del autor poseen actualmente un cierto estatus de culto. Memorias de una enana fue su novela más exitosa, y gracias a ella obtuvo el James Tait Black Memorial Prize for Fiction. A raíz de su publicación el escritor llegó a recibir presentes de pequeño tamaño por parte de lectores que hacían así un guiño a la temática de la misma.

Una de las más señaladas cualidades de la prosa de Walter de la Mare es su capacidad para ofrecer una visión nueva de la realidad común, de las cosas cotidianas. En este libro consigue hacernos ver el mundo con los ojos de su pequeña protagonista. La narración en primera persona nos hace partícipes en todo momento de las impresiones, opiniones y sentimientos de M. Asimismo, en la novela lo que se cuenta de manera explícita y lo que se omite permaneciendo, de algún modo, “entre líneas”, cobran pareja importancia.








...por Juan R. Vélez ...por Juan R. Vélez


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