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Háblame de las ciudades perdidas, de José Pérez Olivares

Aquello de que la poesía es coto privado de los que gozan de una especial sensibilidad es cierto hasta el punto de que todos tenemos sensibilidad.

Lo único que requiere, en la mayoría de los casos, la poesía para ser leída es una predisposición a sentir, a sentir algo fuertemente y que el poeta que tengamos entre las manos consiga llegarnos a lo más profundo, que sintamos una conexión y en sus palabras se cuente lo que pasa por nuestra mente o por nuestro corazón.
Eso es, ni más ni menos, lo que Pérez Olivares ha conseguido. Ha logrado una forma personalista y a la vez universal de comunicarse con todos aquellos que sienten del mismo modo y, creo, me hallo entre ellos.

El caso de su libro Háblame de las ciudades perdidas es una de las cosas más extrañas que me han ocurrido. Me considero una persona, digamos, agnóstica pero marcadamente ética y moralista. El libro de Pérez Olivares habla de aquellas ciudades y aquellos prototipos humanos mencionados en el Antiguo Testamento y, sin embargo, he llegado a adorar ese libro. Y es, entre otras cosas, porque con él, el poeta atravesó un momento de confusión, de planteamientos por los que todos aquellos que sentimos un compromiso con nosotros mismos y con el resto de la humanidad hemos pasado.

Ha pesar de que otras obras en la bibliografía del autor han gozado de un mayor reconocimiento es esta, sin duda, la más importante para el poeta cubano y es que supuso una parada en el camino, reflexiones que le llevarían a encauzar su vida con una ética y estética renovadas.
La obra de Pérez Olivares es conocida en Cuba, sobradamente, por la crítica especializada. También es conocida en España por un reducido círculo de selectos lectores y sobre todo sus obras Cristo entrando en Bruselas y esta que nos ocupa. En nuestra país, la mayoría de los lectores que se han acercado al mundo místico y barroco de Olivares han otorgado a la obra merecedora del Premio Rafael Alberti en 1993 – la primera mencionada – un lugar preferente. No cabe duda de que es un gran poemario pero en él no está tan latente el mundo interior del poeta y, ante todo, su fuerte compromiso social.
No hay que pensar que la poesía de este gran autor vaya a hacernos retroceder a los peores años de la literatura comprometida. Más bien podríamos afirmar, tal como lo haría hace poco Luis García Montero, que su poesía nos acerca a la española Generación del 50. Su modo de conducirnos al compromiso y de hacernos ver que somos privilegiados es tan sutil como elegante: “Somos ángeles que perdimos las alas / niños arrojados del paraíso, / por eso nos llaman guardianes de la oscuridad. / Puedes hallarnos en los portales barridos por el viento, / arropados con viejos periódicos y revistas / que proclaman la grandeza humana”.

Del poema “Oda a la ciudad de los Gamines”, respuesta a las vivencias del poeta en Colombia, este poema es una exaltación en primera persona de la dignidad humana allí donde nadie se para a buscarla. Su modo intimista de autorreflexión y auto concienciación arrastra al lector, involuntariamente, a una suerte de compromiso con uno mismo y el resto del mundo, en este orden. El empleo en gran cantidad de poemas de la primera persona hace que este acercamiento sea más real y sincero. Creemos estar escuchando las confesiones reales de aquellos que ya han sentido y vivido todo aquellos que nos planteamos, cuestiones morales, que sea cual sea la religión de quien lo lee es común a todos. ¿Quién no traicionó alguna vez como Judas? ¿Quien no se ha sentido traicionado e incapaz de huir de los que le rodean? ¿Quien no reflexionó alguna vez sobre la muerte?:  “La noche, Abisag, / es la voz de los cuerpos que envejecen, / el rumor de antiguas y soñolientas palabras / que agonizan. / Sentémonos a contemplarla.”

Del poema “Últimas palabras del Rey David”, este monólogo en el que el viejo monarca, cercano ya a la muerte afirma: “La noche, Abisag, es cruel. / Jamás perdona a los que se creen inmortales.” A pesar de ello no hay que sentir miedo, no hay que temer a lo desconocido, más bien entregarnos porque, de cualquier modo, es inevitable.
El símbolo de la noche y la oscuridad recorre las páginas de este poemario como una obsesión. Tras el, las preguntas acerca de lo desconocido, de qué será aquello que nos espera tras la muerte. Las respuestas también se suceden, como en el caso de este fantástico poema, ejemplo de simbología sentenciosa, de versos para ser recordados, de música y sentidos.
Es esta búsqueda incesante de respuestas para preguntas demasiado trascendentales pero inevitables y el hecho de encontrar ciertas respuestas lo que, quizá, haya llevado al autor a considerar esta obra como una de las más relevantes en su trayectoria.

Pérez Olivares no encontró una forma mejor de buscar en su interior estas respuestas que recorriendo la historia del hombre. Qué mejor modo de hacerlo que recurriendo a aquellos que marcaron prototipos en el comportamiento universal para una persona con fuertes creencias: los que dieron forma a la Biblia. Ellos son los que habitaron las ciudades perdidas, los que siguen viviendo entre nosotros y en nosotros mismos. Y aquellas ciudades perdidas - como Sodoma o Roma - ,destruidas por la vileza humana, son copiadas hoy por otras en las que vivimos:
” Porque Bruselas es toda las Bruselas que existen. / O quizá no sea Bruselas más que una parte / irremediable de ella / ínfima porción / de otra que cada día se muere. / … Tu miedo es el mismo del europeo / tus costumbres, tan bárbaras y mezquinas / como las suyas. / Nada te iguala a él, nada frente a él / te inmortaliza, salvo el rencor, / ese amable rencor / con que se bruñen las calles y plazas del mundo.”

Ninguna realidad tan tajante, ninguna afirmación tan cruel: todos somos iguales en rencor, iguales a aquellos que habitaron Sodoma, a aquellos que ardieron con Roma. De aquí la concepción cíclica de la historia y de los defectos humanos. A pesar de todo lo escrito, de todo cuanto podríamos haber aprendido, seguimos teniendo los mismos defectos, cometiendo los mismos herrores, juzgando sin hacerlo con nosotros mismos.

Podríamos pensar que es fácil predicar. No lo es tanto cuando se hace con el ejemplo:
Lejos de gozar de una situación privilegiada, Pérez Olivares, pasados ya los 50, decidió abandonar la isla y embarcarse en la búsqueda de una situación mejor para él y para su familia. Apoyado por Abelardo Linares, llegó a Sevilla el pasado año y en la actualidad trabaja en la librería Renacimiento. Para él llegó un momento en que la libertad era ya una cuestión prioritaria. Las injusticias y represiones que soporta la sociedad cubana lleva a muchos a escapar, más aún si acallan tu voz. En una entrevista reciente al poeta declaraba: “Tengo un enorme cansancio espiritual. La situación política en Cuba me hace sentir una asfixia intelectual insoportable. A pesar de que amo mi país, me veo obligado a buscar otros aires y expectativas para concluir mi obra. Quiero dar otra vuelta de tuerca que me lleve a un estado espiritual en convivencia con la libertad creativa”.

Nunca fue el realismo una virtud de los poetas. Si que lo fue, y en muchos casos, la búsqueda incansable de un mundo mejor.








...por Raquel López ...por Raquel López


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