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Francisco Brines

Francisco Brines es uno de los grandes pilares de nuestra literatura contemporánea. Insertado por ciertas afinidades estéticas y por cronología en la Generación del 50 ha sido referente y fuente de inspiración de muchos escritores jóvenes desde la década de los 70 y, más marcadamente, de los 80.

Escritor puramente literario, su ensayística es breve y gira en torno a la evolución de nuestras letras en el último siglo. Sus libros aparecen por sorpresa, casi sin esperárnoslo, porque para él, un poema surge en la necesidad de si mismo, no es concebido dentro del conjunto de un libro y, en este sentido, publica cuando un cúmulo de ellos posibilita la edición de un volumen. Esta escritura motivada únicamente por la necesidad de expresar unos momentos vitales o experienciales es motivo suficiente para no experimentar con la novela. Brines se reconoce un escritor puramente poético, su memoria es desordenada, caprichosa aunque intensa y es por eso que la considera puramente poética.

Fue en la década de los 80 cuando su obra alcanza un reconocimiento y apreciación por un grupo de poetas que abogaban por una estética bien parecida. Para Miguel d´Ors, lo que tenían en común era una línea estética sensualista en torno al cuerpo, la juventud, el verano, la costa, el Mediterráneo. Poesía de tonalidad elegíaca que toma como referentes la obra de Cernuda, Gil Albert, los poetas de Cántico, Cavafis y Brines.
Estos poetas mencionados fueron, a su vez, importantes referentes en la obra del valenciano. Por encima de ellos la influencia de Juan Ramón Jiménez, siempre Juan Ramón. La crítica no es dada en considerar la influencia del maestro en la obra de Brines pero, como él mismo reconoce:
“Yo se de que profunda manera eduque mi sensibilidad adolescente en su lectura, y como desde aquella sensibilidad he desarrollado la del hombre que soy.”
De Cernuda aprendió cómo desde la poesía puede revelarse el hombre moral que es el poeta y que la poesía podía llegar a ser “la casa en la que ese hombre se cobijara”. De Cernuda y Juan Ramón aprendió que la poesía podía llegar a ser la fundamentación de la persona, condición sine qua non el hombre-poeta no podría llegar a realizarse. La influencia de Jorge Manrique, la poesía arábigo-andaluza, Quevedo, Leopardi, Eliot, Antonio Machado, Azorín. Pero, por encima de todo, Juan Ramón. Brines, y cualquiera que se reconozca a si mismo como poeta, se inspira en su obra porque es el pilar de la poesía del siglo XX y, si alguna vez fue tachada, fue por motivos ajenos a la poesía misma, pero esos tiempos quedan muy lejanos. La obra de Juan Ramón goza hoy de un reconocimiento y prestigio entre autores a la altura de su obra y su importancia. 

Existen ciertas claves que son constantes en la poesía de Brines. Él mismo reconoce que su obra es una gran reiteración sobre un mismo tema: “siempre escribo el mismo libro”, reconoció. Estas constantes: la infancia, el sentimiento de pérdida, la atemporalidad aparecen ya en su primer poemario publicado: Las brasas. Para él cada poeta tiene una temática que le es propia pero el reconocimiento de esta llega antes a unos autores que a otros. Todo depende del momento en que el hombre y el poeta maduren y estos momentos no siempre coinciden.
De igual modo existen en su obra unas imágenes constantes cuya finalidad es el reflejo de estos temas: el mendigo, la casa, el crepúsculo, el otoño. Responde el primero de ellos a una concepción de la vida como pérdida, desasimiento, menesterosidad. “No hay paisaje que no sea bello a esa hora del día”, la misma belleza melancólica encuentran los paisajes en el otoño. La casa es símbolo del interiorismo, del refugio del poeta que reconoce ser profundamente intimista, necesitado del “cobijo de un lugar que sabe suyo; desde la ventana o asomado al balcón, mira al mundo y goza o se duele de él.”

Tiempo/eternidad, amor/cuerpo. Dualidades recurrentes de igual modo en su obra, son expresiones de una búsqueda existencial. “En el cuerpo está nuestra condición”. “Estamos hechos de carne, pero sólo de ella puede surgir el espíritu, que es extensión e intensidad”. “El anhelo de eternidad es el anhelo de salvación: una declaración de amor a ese cuerpo temporal”. Declaraciones sobre concepciones tan marcadamente metafísicas sólo podían ser el resultado de un hombre que se sabe hecho de una materia poética y consecuencia de una necesidad imperante de la poesía como medio de desarrollo. Alguien que reconoce necesitar la obra escrita como revelación pero que reconoce no ser esta la única forma, la suprema. Hacer esto iría en contra de una sensibilidad que necesita de otras experiencias para enriquecerse. Es, además, un poeta que no busca el aislamiento, la creación de uno mismo para uno mismo. La obra escrita no tiene razón de ser si no está al otro lado alguien que la rescate y la haga suya, alguien que se emocione al leerla. Lo que Brines, poeta grave y sentencioso, nos enseña sobre su experiencia existencial es eterno porque está escrito.
La mirada y los ojos: “soy un poeta sensorial, eminentemente plástico. Me acerco al poema con los ojos; con ellos miro el mundo exterior, que tanto me emociona, pero también el interior…buceo en la oscuridad del poema…me llega el poema desde la mirada, lo veo más que lo oigo”.

Las constantes en su obra también son de aspecto formal, un gusto por las formas clásicas: heptasílabos, octosílabos, endecasílabos, alejandrinos. El endecasílabo es el verso, por excelencia, para la narración y que Brines también utiliza como medio para la confesión poética. El endecasílabo es el verso soberano, el que permite distintas acentuaciones y, por tanto, el más rico. La musicalidad que este metro permite si es encabalgado y combinado con heptasílabos o pentasílabos es de una gran riqueza y sobriedad. La obra de Brines se caracteriza de igual modo por este aspecto rítmico que también es apreciable cuando emplea el verso libre.

No es un poeta de masas, su vida no ha sido motivo ni campo de cultivo de investigaciones biográficas porque siempre ha preferido que sus poemas hablasen por si mismos: todo lo que hay que decir de la persona está en sus poemas. En ocasiones ha dado en revelar aspectos de su experiencia y su vida, aunque contadas. Una de estas ocasiones fue el homenaje que en 1980 le dedicó la revista Cuervo. En 1984, con motivo de la aparición de Selección propia, precedía la antología una extensa exposición de su poesía y, dos años más tarde, en Poemas a D. K. vuelve el poeta a reiterar el mismo tema:
“la poesía no es un espejo sino un desvalimiento. En ella nos hacemos a nosotros mismos; no buscamos allí reconocernos sino conocernos”. Tales confesiones, como si no hubiese nada biográfico de mayor relevancia que las experiencias metafísicas, nos hablan de alguien que no considera otro tipo de aspectos relevantes para la obra. Algo muy alejado de lo que pueda ser el compromiso social, la concienciación del prójimo, los cantos a los aspectos más humanos o mundanales de nuestra existencia. Un poeta que se retira del mundo para vivir la experiencia poética y cedérnosla como legado en estado puro.

Para Brines la influencia de Jorge Manrique en la poesía española posterior es tan evidente que no nos paramos a pensar en ella. Esa tonalidad sentenciosa, visión puramente espiritualista y profunda, la consideración de la vida como algo más, algo que, al fin y al cabo no es tan importante, está latente en su obra. Acercarse a sus versos es entrar a formar parte de una experiencia sensorial y mística.








...por Raquel López ...por Raquel López


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5 comentarios en Francisco Brines

  1. Francisco Brines pertenece a la segunda generación de la post-guerra, y junto a Claudio Rodríguez y José Ángel Valente, entre otros, conformó el «Grupo de los años 50».

  2. Es un escritor valenciano de gran capacidad narrativa. Francisco Brines tiene un estilo propio y único que lo hace sumamente interesante.

  3. No existen muchas biografías de Francisco Brines y la de PortalMundos.com es de las más interesantes.

  4. Destacar que Francisco Brines ha recibido los premios Adonais (1959, por “Las brasas”), Nacional de la Crítica (1967, por “Palabras a la oscuridad”), Nacional de Literatura (1987, por “El otoño de las rosas”) y Fastenrath (1998, por “La última costa”).

  5. El poeta Ángel González, uno de los más importantes representantes de la generación del 50,dice de la obra de Brines, “posee dos rasgos fundamentales que la sitúan en el grupo ético de los cincuenta: el lenguaje directo, el lenguaje de todos, de todos nosotros, y el hecho de que de su poesía se desprende de manera no explícita una evaluación moral de la vida. No hay duda, Paco es una de las voces más personales e intensas de la generación del medio siglo”.

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