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El velo alzado, de George Eliot

George Eliot (seudónimo de Mary Ann Evans), más conocida por novelas de cariz realista como El molino junto al Floss o Middlemarch, ofrece El velo alzado un relato lindante con el terror y que anticipa, en cierto modo, la línea de novela psicológica que alcanzará en la pluma de Henry James sus más reconocidos frutos.

Hay algunos libros injustamente ignorados dentro de la trayectoria de grandes escritores, cuyas obras magnas suelen eclipsar a otras consideradas “menores”, bien por su extensión, bien por suponer una curiosidad al visitar registros que no son los tratados habitualmente en sus textos. Éste es el caso de El velo alzado, en el que la presencia de elementos fantásticos y un tono lejano al edificante empleado en otras narraciones de la autora la convierten en una rara avis dentro de su obra, y han motivado que haya recibido una atención más limitada que otras de sus narraciones.

Esta novela corta o nouvelle fue publicada inicialmente en la revista Blackwood’s Magazine en 1859 (el mismo año que Adam Bede, otra de sus novelas de inclinación realista), y posteriormente reeditada ya en forma de libro junto a otras dos novelas de la autora en 1878. Narra la historia de Latimer, un muchacho de exacerbada sensibilidad y temperamento poético cuya presencia resulta una carga para su padre, de naturaleza marcadamente materialista y pragmática. Es asaltado por visiones proféticas acerca de acontecimientos futuros, y es capaz de penetrar en las mentes ajenas y desentrañar lo que en ellas se esconde.

Estas capacidades son sufridas por el protagonista no como dones apetecibles, sino como cargas que le hacen aún más desdichado, pues le otorgan en muchos casos un conocimiento doloroso acerca del porvenir y de las verdaderas motivaciones, en muchos casos mezquinas, de las personas que le rodean. A esto hace referencia ese “velo alzado” del título: a la posibilidad otorgada a Latimer de levantar ese velo que nubla en muchas ocasiones la limitada percepción humana de la realidad. Se puede decir que el libro pertenece a una amplia nómina de narraciones fantásticas en las que la posesión de poderes es padecida por sus personajes como una condena más que como un regalo. El interés de la autora por ciertas disciplinas muy en boga en la época, como el mesmerismo o el magnetismo animal –cuya impronta se hizo notar años antes en Frankenstein de Shelley– se trasluce en la presencia de los citados poderes en el protagonista.

Latimer sustenta la voz narrativa. Desde el principio se nos muestra como un individuo solitario que ha gozado de escasa comprensión por parte de sus semejantes. La obra hereda elementos propios del Romanticismo como la elección de personajes marginales o la comunión del espíritu con la naturaleza, pues es su contemplación uno de los escasos placeres en los que el protagonista halla algo parecido a la realización plena. Todos los acontecimientos nos llegan filtrados por la visión de Latimer; no hay un narrador omnisciente (típico de la novela realista) que conozca todos los actos y motivaciones de los personajes. Por ello la narración está impregnada de subjetividad.

El protagonista-narrador se contrapone fuertemente a su padre y a su hermano mayor Alfred. Éste último es el preferido de su progenitor, que lo considera como digno sucesor. Se elige para Latimer una educación encaminada a enmendar las “carencias” de su temperamento tan poco práctico. La mayor conmoción en la vida del protagonista tiene lugar cuando conoce a Bertha Grant, sobrina de la señora Filmore, amiga de la familia de Latimer, que la ha adoptado al quedar huérfana. Desde el primer momento sus sentimientos hacia ella oscilan entre la atracción y el rechazo. En la primera visión que tiene de la joven, momentos antes de conocerla en persona, la compara con una ondina, con la criatura mitológica que mora en ríos y lagos y que acarrea la muerte para aquellos que resultan seducidos por ella. Bertha ejerce una fuerte impresión en el ánimo de Latimer, al mostrarse más impenetrable a su capacidad para captar en toda su desnudez los pensamientos, sentimientos y motivaciones de los que le rodean. Por ello la contempla como un “oasis de misterio” en medio de todo el torrente de pensamientos ajenos que le avasallan a cada momento. No obstante, el temperamento de ambos es radicalmente diferente, pues Bertha en muchas ocasiones trasluce cinismo, frivolidad, y una cierta ambigüedad en lo que respecta a sus sentimientos hacia Latimer, a quien otorga alternativamente señales de interés e indiferencia. Sin embargo, en un momento determinado de la trama, una visión de futuro que pone al descubierto la perversidad de Bertha. Pese a ello, la fascinación puede más que la premonición de la desdicha que puede acarrearle su compañía.

Entre ella y Alfred se fragua un compromiso de matrimonio, que se ve truncado con la muerte de éste al caer de un caballo. A partir de este momento los acontecimientos entrarán en una espiral descendente en la que la iniquidad de la verdadera naturaleza de Bertha se desvelará tal como ya había sido vislumbrada en aquella fugaz y angustiosa visión premonitoria de Latimer, precipitando un amargo desenlace en el que encontramos la explicación de las palabras introductorias del personaje al comienzo de la obra.

El personaje de Bertha –cuya analogía con el de Lucrecia Borgia se insinúa en un momento de la narración– prefigura en cierto modo el prototipo de femme fatale que tanto juego dará en años posteriores tanto en la literatura como en el cine (es una de las figuras recurrentes del cine negro). Es una de esas “bellezas medúseas” intrigantes que tanto juego dieron en el arte y la literatura de simbolistas y decadentistas.

La visión clarividente de la ciudad de Praga es una de las cumbres de la nouvelle, inspirada a todas luces por la visita que la escritora había efectuado poco tiempo atrás a dicha ciudad, y que le provocó una viva impresión. George Eliot dejó constancia de dicho episodio en su diario, y la descripción de la ciudad que en él figura es similar a la recogida en la novela. El símbolo del velo, central en el título, alude a aquello que obstaculiza la obtención de una visión más cabal de la realidad. En la tradición esotérica la referencia al Velo de Maya o Velo de Isis alude a la realidad que contemplamos normalmente como un engaño de la percepción que ha de ser superado para alcanzar una comprensión más plena. Para Latimer, gracias a sus dotes de clarividencia, dicha cortina, que nubla la visión de la mayor parte de las personas, aparece alzada, lo que le permite acceder a verdades ocultas para el común de los hombres, aunque, como ya hemos visto, tal capacidad es vivida por el protagonista más como una condena que como un regalo.








...por Juan R. Vélez ...por Juan R. Vélez


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