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El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

Si usted busca pasar el rato, probablemente “El Principito” no sea su libro. Y es que esta pequeña gran obra, aunque breve, deja sin duda una honda huella a quien lo lee y está dispuesto a escuchar su mensaje.

Esta joya literaria de Saint Exupéry, bajo la apariencia de ser una fábula infantil, nos habla de la persona humana y del mundo, con una profundidad tal, que es difícil que deje indiferente a alguien.

Nacido en Lyon, el 29 de junio de 1900, Antoine de Saint Exupéry decidió un buen día hacerse piloto de aviones. Ello, en parte, fue consecuencia de una serie de catastróficas desdichas, al más puro “Lemony Snicket”. Y es que después de fracasar llevando a cabo sus sueños (no consiguió entrar en la Escuela Naval) optó por esta opción profesional. Ésta, en parte, fue la causa de su reducida producción literaria: “Corrier Sud”, “Vol de nuit”, “Terre des homes”, “Pilot de guerre”, “Letre à un otage” y “Le Petit Prince”. El escritor, que siempre había amado el vuelo, se alzó por encima de las nubes por primera vez, a la edad de doce años. Luego, recordando aquel día memorable comentó: “Las alas temblaban bajo el soplo del atardecer, el motor con su canto mecía el alma adormecida, y el sol nos rozaba con su luz lívida”. El hecho de volar y de ver las cosas por encima, da otra visión de la vida, sobretodo si tienes alma de poeta. Así, volando por encima del mundo se inspiró el autor a menudo para escribir sus obras. También pilotando, en un día soleado de 1944, perdió su vida.

“El Principito” es más que un compendio de bellas enseñanzas. Se nota desde la primera página que ante todo, Saint Exupéry era un pensador, un filósofo y un sabio, que había llegado a comprender, en esencia, la vida. Su amigo León Werth comentaba de él: “era maravilloso. Incluso conozco momentos en los que superó su propia leyenda”. La apariencia del libro, breve, con ilustraciones, inteligible, engaña mucho. No es un libro para niños, aunque a éstos que saben perfectamente lo que es bueno, les encante. Y aunque su mensaje sea entre otros, el de la sencillez, no es para nada un libro simple. Ya con la dedicatoria nos damos cuenta de ello: “A León Werth cuando era niño”. El autor creía en el niño que todos llevamos dentro. Ese niño que representa la inocencia, la ilusión y la autenticidad, en definitiva. Y con ojos de niño deberíamos, a menudo, mirar todos. E aquí otro mensaje que de desprende del libro.

Al principio del libro un joven piloto sufre un accidente y se queda atrapado en el desierto. Entonces conocerá al mágico protagonista de la historia y por tanto nos introduce en su mundo. En su recorrido desde el asteroide B 612, el Principito visita otros seis pequeños planetas, en los que conoce diferentes personas. Éstas no serán nada más que puros arquetipos de la conducta humana. De lo más absurda, en más de una ocasión. Así, el primer planeta era habitado por un rey sin súbditos. A éste lo único que le importaba era el poder. Quería mandar por encima de todo y de todos, y que los demás se limitaran a obedecer sus órdenes. En el segundo, el pequeño encuentra a un vanidoso, que nada más verle exclama: “Ah! Aquí tenemos la visita de un admirador”. Después, a la pregunta del Principito sobre qué significa admirar, le responde: “admirar significa reconocer que yo soy el hombre más hermoso, el mejor vestido, el más rico y el más inteligente del planeta”.

En todo momento, es a través de la visión humanista de Saint Exupéry, que nos damos cuenta del absurdo humano, que lejos de ser irreal, es desafortunadamente algo totalmente cotidiano. En el siguiente planeta encontramos otro personaje. Se trata de un borracho que bebía para olvidar que tenía vergüenza de beber. Una contradicción, sin duda típica del mundo adulto, ya que los pequeños y simples niños afortunadamente no se complican tanto la vida. En el cuarto estaba el típico hombre de negocios cuyos dioses son el trabajo y el dinero. Éste era un personaje serio, sin tiempo para descansar ni lógicamente para soñar. En el quinto planeta había un farol y un farolero que se dedicaba a encenderlo de noche y a apagarlo de día. Siempre lo mismo, pura rutina. No tenía ninguna motivación para hacerlo ni sabía el por qué, simplemente, lo hacía. En el sexto encontró a un geógrafo, que vive completamente en su mundo. Pero éste siembra en el alma del Principito la inquietud por su flor y le sugirió visitar la tierra.

En el desierto africano encontró al piloto preocupado por arreglar su avión y éste después de tratar unos días al pequeño, cambió para ser más semejante a ese niño que había sido. Y que nunca debería haber dejado de ser: “todas las personas mayores han sido niños antes”. También aprende que son los pequeños los auténticos y que por ello: “los niños deben ser muy comprensivos con las personas mayores”.

En este séptimo y último planeta, el Principito conoce a un zorro que le ruega ser domesticado por él. Y es que el animal quiere tener alguien por quien vivir. El zorro es un símbolo de la amistad verdadera, que es capaz de sacrificarse por el bien del otro. Le pide que le domestique porque de esta forma: “nos necesitaremos mutuamente. Tú serás para mi único en el mundo y yo seré para ti, único en el mundo”. Tras establecer una buena amistad lo deja partir y le dice: “los hombres han olvidado esta verdad. Pero tú no debes olvidarla. Te haces responsable para siempre de lo que has domesticado”. Luego, al visitar un jardín y observar numerosas rosas iguales a la suya, se sintió triste. Pero pronto comprendió que en su interior ésa se diferenciaba de las demás. Se trata de su flor, la de nadie más, por eso mismo es especial. Y es que como aprendemos a través de esta lectura no es de apariencia de lo que vive el hombre, porque: “No se ve bien si no es con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos… Es necesario buscar con el corazón”. Otra enseñanza que se desprende de la lectura del libro es la importancia de no perder nunca la esperanza: “yo me pregunto si las estrellas están iluminadas a fin de que cada uno pueda un día encontrar la suya”.

Para Antoine de Saint Exupéry el hombre es un ser de una comunidad, el cual debe avanzar día a día, evolucionando y creciendo como persona. Así, solía comentar: “el hombre debe luchar en su vida por perfeccionarse”. Por otro lado tacha de individuo a quien se separa de los demás, movido sólo por el egoísmo. De este modo, declaraba que ser plenamente hombre exige llenar las: “condiciones requeridas para ser hombres, en vez de individuos, ya que si faltamos a nuestro deber, equivaldría a no ser”. Y es que como dijo el sabio: “existo en la medida que existo para otro. Ser es querer”.








...por Carme Bosch ...por Carme Bosch


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2 comentarios en El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry

  1. Aunque parezca un libro infantil, es un libro con una historia que te hace reflexionar sobre la vida. Para aquellos que no encuentran un aliciente en el filosofía, este libro les puede hacer cambiar de opinión.

  2. Este libro marca a cualquier persona que lo lea, os lo aconsejo, por cierto, Antoine de Saint-Exupéry escritor de el Principito era aviador en la Segunda Guerra Mundial, y en una de las misiones su avión fue destrozado por fuego enemigo, ese fue su final, triste final haciendo lo que más le gustaba, volar.

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