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El malvado Caravel, de Wenceslao Fernández Flórez

Esta novela, del novelista Wenceslao Fernández Flórez, ha sido dada al olvido injustamente por nuestra crítica especializada al igual que el resto de su obra.

La razón de tal olvido se debe, en la mayoría de los casos, a la supuesta superficialidad de sus novelas. Esta queda justificada para la crítica por el hecho de que el autor cuente en numerosas ocasiones con el humor como arma más eficaz, como pilar sobre el que se sustenta su edificio literario. ¿Qué sería de El lazarillo de Tormes, El Buscón o Don Quijote sin humor? El dramatismo que inunda las situaciones cómicas de nuestra picaresca es un arma fundamental en la novelística de Fernández Flórez. Lo que diferencia su estética de estas grandes obras es el tratamiento que hace de los personajes: mientras que en la picaresca el mundo exterior del protagonista nos lleva hacia su interior, en la obra del novelista gallego es el absurdo de sus vidas, el vacío interior lo que nos conduce a un exterior no menos vacío y simple.
Pero no es en él un recurso permanente, también hay momentos para la seriedad. Esto es lo que ha pasado por alto la crítica en un ejercicio de vaguedad ya que no han contemplado la totalidad de su obra para llegar a tal conclusión.

En las contadas ocasiones en que se ha hecho mención a su obra ha sido para enterrarla, justificar la falta de atención. Puede que motivos extraliterarios, sobre todo políticos, hayan sido la causa de tal olvido además de la peculiar moralidad de su autor que podríamos dar en llamar de cierto determinismo social, ese que condena a las personas a un destino dependiendo de su clase social. Este no está regulado en Fernández Flores por los postulados generales de esta filosofía: los personajes son tratados con cierto paternalismo metafísico y, además, no viajan en un mundo de realidad cotidiana ya que las situaciones que suelen vivir son llevadas al extremo de lo absurdo lejos de la realidad objetiva – entiéndase absurdo en el buen sentido literario-.

La filosofía, la ética de Fernández Florez no puede definirse precisamente como vanguardista, refiriéndonos a un contexto social y literario concreto, el del momento histórico que le tocó vivir: principios de siglo XX.
A pesar de la falta de atención crítica la obra de Fernández Flórez gozó y sigue gozando de gran salud para los lectores que, al fin y al cabo, son quienes salvan o condenan. Su obra configura un mundo propio particular y rico que no goza en su totalidad de la calidad literaria que hubiésemos deseado. Junto a obras excepcionales como El secreto de Barba Azul o El malvado Carabel nos encontramos con otras que podríamos tachar de mediocres pero, en pocas ocasiones grandes escritores no hierran el golpe.
El malvado Carabel fue publicada por primera vez en 1931. Se trata de una de las cinco o seis novelas más interesantes del autor.

Para Eugenio de Nora “en esencia, se trata del proceso psicológico (más por el relato de los hechos que mediante el análisis del personaje) de un “ser insignificante” – como llega a llamarle el autor – que por más que intenta ser malo no sabe ni consigue pasar de infeliz”.
El autor viene a decirnos que existen una clase de personas demasiado honestas como para sobrevivir en una sociedad que pone trampas jugando a las mismas reglas que los demás.

Cuando Carabel decide robar después de ser expulsado del banco en el que trabaja por denunciar una insignificante estafa que había venido realizando es porque se da cuenta que hay gente que lo hace y que parece irles bien pero su irremediable honestidad salta al ring. El pertenece a otra clase, a los que deben limitarse a ver, oír y callar.
Pero para darse cuenta de esto debe perder a su novia, arruinar a su tía, robar una caja fuerte y un sinfín de desgracias.

El determinismo del mensaje de la novela es claro: existen en la sociedad “buenos” y “malos”, no podemos cambiarnos de bando porque cada cual nace con una condición. Y es precisamente aquí donde surge su burguesismo arraigado al denegar a un personaje de humilde condición cualquier aspiración más allá de un ordinario puesto de banca. Carabel termina por resignarse y aceptar su condición de mediocre, un puesto insignificante y una vida austera.

Podemos decir que esta novela es menos intelectual que otras del autor pero sí más novela ya que es menos artificiosa. Supuso, además, uno de los grandes éxitos de ventas de su autor. Carabel llegó a convertirse en símbolo de un prototipo social de la época: el oficinista humillado y explotado, que ha venido sobreviviendo a los años, consecuencia principalmente de su incapacidad para ser malo, de su falta de picardía, su pasividad, su aceptación de la realidad y falta de coraje para cambiarla.
Esa pasividad es, en realidad, en la novela de Wenceslao el auténtico mal para la persona misma y para la sociedad y de él se deriva todo lo malo que a esta clase de persona pueda sucederle. Fernández Flórez no trata con desprecio a este tipo de personaje, más bien se enternece, siente cierto paternalismo hacia él pero presumiblemente es esta filosofía, a veces cruel, la que conduce a un rechazo inconsciente.

De todos modos es imprescindible el contexto socio-cultural que al autor le tocó vivir. Una época de entreguerras, marcada por las vanguardias estéticas, una sociedad que empezaba y quería modernizarse y un autor con limitaciones ideológicas para tal momento histórico.
Hoy, lejos de dichos condicionantes, podemos gozar de una literatura fresca, a veces sarcástica, a veces irónica, donde el humorismo disfraza una problemática real y compleja que es retratada con brillantez en escenas de la vida cotidiana del momento y de las que todos gozamos. Fernández Flórez no nos deja acercarnos demasiado a ella porque él mismo la observa desde cierta distancia, con alguna superioridad pero con ternura.

Escenas de la vida cotidiana porque el protagonista carece de condición como para ser dibujado a solas, es decir, su personalidad sólo tiene razón de ser dentro de su clase social, dentro de ese círculo tan insignificante como unitario donde las acciones de un personaje no son nada sin las de otro. Aparecen estos desdibujados, algo ausentes. Del mismo modo las cosas cobran personalidad, se llenan de vida y su voluntad prevalece por encima de la de las propias personas. Fernández Flórez se vale de este lenguaje para hablarnos del fatalismo de Carabel y de los que le rodean, incapaces de tomar decisiones trascendentales.

La maestría con la que Fernández Flórez nos retrata el mundo de Carabel, las situaciones absurdas, casi esperpénticas, a las que se enfrenta hacen de los pasajes anécdotas inolvidables, situaciones humorísticas tan acertadas como el modo en que la triste situación de trasfondo es presentada.








...por Raquel López ...por Raquel López


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