Samuel Pepys, Londres (1633-1703), era hijo de un modesto sastre. Gracias a su parentesco con Sir Edward Montagu, luego Lord Sandwich, se harÃa con un cargo público que con el tiempo habrÃa de convertirle en Secretario de Estado de la Marina Británica, miembro del Parlamento y Presidente de la Real Sociedad.
¿Qué pensarÃa de un hombre que odiase el deporte y prefiriese tocar la viola o el flautÃn?
¿Alguien que reconocÃa adorar a su esposa pero a la que le era infiel unas cuantas veces por semana? ¿Un invitado lo bastante grosero como para desgarrar la carne con sus dedos, mantener relaciones con esposas ajenas pero con inquietudes suficientes como para dominar el latÃn, el francés o el español? ¿Alguien que se consideraba a su mismo de clase alta pero a quien le costaba deshacerse de unas libras para comprar un vestido a su mujer? ¿O de alguien que arrease una bofetada a su esposa por caprichosa o a una criada por dejar la puerta abierta? CabrÃa pensar en alguien indigno y, por supuesto, no en un británico pero, asà fue. En un pasado no muy lejano los británicos no eran tan selectos, su gobierno no era tan protocolario y el paÃs no gozaba de una economÃa envidiable.
La de Pepys es la historia de un hombre humilde que gracias a su valÃa personal e incuestionable inteligencia llegó a ser la de uno de los personajes más relevante de la Corte inglesa durante el reinado de Carlos II. Alguien polÃticamente correcto y con don de gentes, capaz de relacionarse de igual modo con un noble o cortesano que con un tabernero o una criada. He aquà al personaje más indicado para narrar la vida cotidiana de la Inglaterra del siglo XVII. Alguien que frecuentaba las tabernas y los camerinos de las actrices de teatro con igual asiduidad que la corte. Es por eso que el legado que Pepys nos dejó es el retrato más fiel y sincero de aquel momento: un paÃs en manos de un monarca irresponsable, mujeriego y derrochador. Una economÃa que se tambaleaba y sobrevivÃa gracias a la dura carga de los impuestos. Una corte que vivÃa ajena a todo esto y un parlamento atemorizado, prestamista del monarca, preocupado únicamente por sus riquezas.
A los veintisiete años, siendo ya miembro de la SecretarÃa de Marina, comenzarÃa la redacción de este diario que concluirÃa diez años más tarde debido a una enfermedad de la vista que lo estaba dejando ciego. El mayor castigo, porque para Pepys la redacción de su diario suponÃa la declaración abierta de los vicios de su tiempo, el examen de conciencia personal, la crÃtica descarnada a polÃtico incapaces, la confesión de sus aventuras amorosas.
Esto, impensable en la época que le tocó vivir, fue posible gracias a que lo escribió en un sistema de tipografÃa inventado en 1620 por Shelton, un oscuro profesor londinense. El libro permaneció inédito hasta 1825 en que el reverendo John Smith tomó la iniciativa de su traducción, labor que le llevó tres años. La obra se componÃa de 6 tomos con más de 3000 páginas a lo que se sumaba la complejidad de anotaciones en una jerga multilingüe referida, en la mayorÃa de los casos, a sus aventuras amorosas. Poco después serÃa traducido al francés y no es hasta el 2003 que aparece la primera edición española de la mano de la editorial Sevillana Renacimiento. La traducción ha sido hecha por Norah Lacoste e incluye el prólogo a la edición francesa de Paul Morand.
La obra ha gozado, desde el momento de su traducción al inglés, de una gran relevancia para las letras anglosajonas y es que no se trata de un diario convencional. En él hay datos de vital relevancia para historiadores, por ejemplo, ya que recoge con fidelidad y exactitud momentos fundamentales en el pasado histórico de la nación: la guerra contra Holanda por las posesiones en Oriente, la peste que durante un año desoló el paÃs, el incendio de Londres que destruyó gran parte de la ciudad.
A Pepys le tocó vivir un momento fundamental en la historia de su paÃs y él, como espectador de primera fila, nos lo revela con fidelidad y todo lujo de detalles.
Sus opiniones sobre arte y literatura – era un crÃtico radical y exigente, sobre todo con la obra de Shakespeare – hospitalidad, cortesÃa y etiqueta, menús, gobierno y leyes, medicina y salud, festejos y celebraciones – como la suntuosÃsima coronación de Carlos II tras la restauración – trabajos y profesiones, economÃa personal y estatal, lugares, personajes públicos de la vida del momento – como su adorada lady Castlemine, amante pública del rey por largos años y a quien Pepys deseaba profundamente – religión, ciencia y tecnologÃa, medios de transporte u costumbres son temas recogidos en sus páginas y de un incuestionable valor histórico.
Pero no sólo a historiadores han interesado los Diarios. Es evidente que en el momento de la escritura Pepys no perseguÃa una intención literaria, no contaba con que existiesen lectores futuros de sus confesiones. Es por eso que su prosa se aleja fácilmente de la suntuosidad propia de los narradores de su época. En ocasiones la escritura se vuelve telegráfica, escueta y precisa. Pero, a pesar de esto, su redacción es hermosa y cuidada en otros pasajes: su viaje por los alrededores de Londres, la precisión con que describe el control de los barcos que traÃan mercancÃas de las colonias, los suntuosos menús, sus paseos por el parque, las exquisitas conversaciones sobre arte o música, sus dÃas de compra. Asistimos a la vida un ciudadano respetable, a sus labores públicas y a las no tan públicas.
Desestimada la función literaria de su obra ¿Cual podrÃa ser entonces su intención? Parece claro que únicamente utilizaba la pluma como un desahogo personal, una especie de confesor secreto y callado. El Diario se revela como un milagro, esas cosas que ocurren de vez en cuando y que se mantienen para la posteridad. Su autor sabÃa de la gravedad de sus confesiones y de las consecuencias que tendrÃa el que se diera a conocer: personajes públicos, miembros del gobierno, el Rey mismo son dilapidados en crÃticas realistas y claras. Sus opiniones sobre todos estos personajes no podÃa compartirlas con nadie más que con él mismo, y con su diario.
La selección de Renacimiento recoge los momentos históricos más destacados narrados escrupulosamente, numerosos pasajes de sus aventuras eróticas – que Pepys cuenta sin ningún pudor – y gran cantidad de anécdotas sobre la vida y costumbres de la época y de su entorno. Tras la conclusión del Diario, la vida de Pepys sufrirÃa cambios de una gran importancia: Elisabeth Pepys morirÃa poco después de concluir el diario. Él no volverÃa nunca a contraer matrimonio pero no cabe duda de que sus aventuras continuaron. Su trabajo en la Marina darÃa paso al Parlamento Británico y a la Presidencia de la Real Sociedad. Su tesoro económico aumentó considerablemente beneficiando a él mismo y a sus familiares más cercanos.

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