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De sobremesa, de José Asunción Silva

José Asunción Silva nació en Bogotá el 27 de noviembre de 1865. Es una de las principales figuras de la poesía en castellano de fines del siglo XIX.

Buena parte de su obra se perdió irremediablemente en el naufragio del barco Amérique, en 1895. Libros con títulos tan significativos como Las almas muertas, Cuentos negros o Poemas de la carne, según sus propias palabras “lo mejor de mi obra”, permanecerán forzosamente inéditos, al igual que la novela Amor, también extraviada en dicho accidente. Tampoco se salvó la novela que nos ocupa, aunque el autor la reconstruiría más tarde. En París conoció a Mallarmé, con quien mantendría un fecundo intercambio de correspondencia que se extendería por varios años, y quien le daría a conocer la novela À Rebours de Huysmans al poco tiempo de su publicación. Despertó la admiración de Unamuno, quien prologó la primera edición de su obra poética completa en 1908 y señaló que Silva “fue el primero en llevar a la poesía hispano americana ciertos tonos y aires, que después se han puesto de moda”, calificándolo como “poeta puro, sin mezcla y aleación de otra cosa alguna”.

Puede considerarse también, a raíz de su libro Gotas amargas, un precursor de la “antipoesía” que muchos años después tendría en Nicanor Parra a su principal cultivador. Aunque ha sido considerado como una de las figuras más relevantes del Modernismo, satirizó los excesos de la vertiente más rimbombante y vacua del movimiento en su “Sinfonía color de fresa con leche”, que firmó bajo el seudónimo de Benjamín Bibelot Ramírez. En su obra confluyen corrientes como el Romanticismo, el Simbolismo o el Prerrafaelismo y la impronta de las lecturas de Baudelaire, Maupassant, Zola, Verlaine, Martí, Gutiérrez Nájera, Bécquer o Poe. Además tradujo a Victor Hugo, Tennyson y Anatole France. El autor murió en 1896, disparándose un balazo en el corazón tras una aparentemente tranquila velada.

De sobremesa fue publicada póstumamente, en 1925. Tiene estructura de diario que cubre varios meses de la vida del protagonista, José Fernández Andrade, un joven hiperestésico (”nervioso en grado verdaderamente insólito”) que podría tomarse como un alter ego del propio autor, vocero de ese “fin de siglo angustioso”, así como heredero de iconos decadentistas como Jean Floressas Des Esseintes, Dorian Gray, Andrea Sperelli o Monsieur de Phocas, vástagos literarios de Joris-Karl Huysmans, Oscar Wilde, Gabriele D’Annunzio y Jean Lorrain, respectivamente. En caso de aceptar la estrecha identificación entre el autor real y el protagonista de la novela, pueden atribuirse al propio Silva ideas como las que Fernández vierte sobre su concepción poética, similar a la de Bécquer: “Los versos se hacen dentro de uno, uno no los hace, los escribe apenas…”. También su cáustica opinión de lo que para él significaba ser “un hombre práctico” (”el que poniendo una inteligencia escasa al servicio de pasiones mediocres, se constituye una renta vitalicia de impresiones que no valen la pena de sentirlas”) o la concepción de su propia poesía como “la tentativa mediocre de decir en nuestro idioma las sensaciones enfermizas y de sentimientos complicados que en formas perfectas expresaron en los suyos Baudelaire y Rossetti, Verlaine y Swinburne”. Su anhelo es “vivir la vida: sentir todo lo que se puede sentir, saber todo lo que se puede saber, poder todo lo que se puede… […] ¡Ah!, vivir la vida! emborracharme de ella, mezclar todas sus palpitaciones con las palpitaciones de nuestro corazón antes de que él se convierta en ceniza helada”. El cosmopolitismo de la obra se refleja en la elección como escenarios de ciudades como Londres, París o Ginebra. El escritor francés Valéry Larbaud realizaría una labor de difusión europea de la misma, y su influencia se podría notar en la obra de este autor titulada Diálogos de sobremesa de A. O. Barnabooth.

Algunos sostienen que el personaje de Helena de Scilly Dancourt, la joven de belleza prerrafaelista de quien se enamora José Fernández y que actúa en buena medida como leitmotiv de la novela, podría estar inspirado en el retrato de Nelly O’Brien pintado por Sir Joshua Reynolds; otros consideran que se basa en Maria Bashkirtseff, autora de un Diario en el que pudo inspirarse el escritor para la confección de su novela, y que junto a Paul Bourget, Huysmans y el Banquete de Platón constituiría una de las principales influencias señaladas para la obra. Con la misma vehemencia con la que ensalza a esta joven autora rusa, arremete contra Max Nordau, el autor de Degeneración, obra en la que este crítico alemán atacaba a escritores y artistas simbolistas y decadentistas atribuyéndoles las más variadas patologías mentales. La hiperestesia y avidez del protagonista, así como el enfebrecido amor que la joven Helena despierta en él lo conducen a una situación lindante con la locura que, no obstante, ya le resulta familiar: “¡Cuántas veces la he visto pasar, vestida de brillantes harapos, castañeteándole los dientes, agitando los cascabeles del irrisorio cetro, y hacerme misteriosa mueca con que me convida a lo desconocido!”. Aunque algunos críticos ven en estas palabras una muestra del estado mental de Silva, parece ser que las escribió en 1892 al averiguar que Guy de Maupassant había enloquecido.

La novela es eminentemente psicológica, y bucea en el alma del protagonista y en sus estados anímicos. Asimismo, en José Fernández se hace patente el divorcio entre el artista y una sociedad en la que no encaja. Hay una marcada dualidad entre su inclinación espiritual y su propensión a los placeres sensuales, lo que se manifiesta con intensidad desde su primer contacto visual con Helena; una marcada dicotomía entre las “orgías brutales de la carne y el noble amor por la enigmática criatura que parecía tener entre las manos un hilo de luz”; una “enigmática criatura” que es contemplada como moradora de esas “órbitas eternas” a las que, según Juan Ramón Jiménez, aspiraba Silva, una mujer evanescente –a lo que contribuye el hecho de que es un personaje apenas esbozado– que puede brindarle la salvación.

Pese a que se ha criticado la estructura abierta y algo caótica de “De sobremesa”, que provocó perplejidad en el momento de su publicación al distanciarse de las tendencias narrativas dominantes por entonces, tales “faltas” indicarían la modernidad de esta empresa narrativa. El autor consideraba que “la novela y la crítica son medios de presentar al público los aterradores problemas de la responsabilidad humana y de discriminar psicológicamente sus complicaciones: ya el lector no pide al libro que lo divierta sino que lo haga pensar y ver el misterio oculto en cada partícula del Gran Todo”.








...por Juan R. Vélez ...por Juan R. Vélez


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2 comentarios en De sobremesa, de José Asunción Silva

  1. José Asunción Silva quiere dar a entender en “De sobremesa” que el hombre es muy débil para tener iniciativa propia mas que todo en mi opinión el hombre subdesarrollado.

  2. Y las referencias? tienes citas muy buenas, pero ni idea de dónde las sacaste. Eso debilita tu artículo…

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