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Cuentos Crueles, de Villiers de l’Isle Adam

Villiers de l’Isle Adam es uno de los escritores más destacados del Fin-de-Siècle francés, autor de los inmortales Cuentos crueles.

Nació en Bretaña y portó uno de los apellidos con más abolengo de Europa, que se remontaba al primer Gran Maestre de la Orden de Malta, el cual, sin embargo, no le sirvió para vencer la penuria constante que iba a jalonar su vida. Su padre dilapidó su fortuna en pos de tesoros ocultos y excavaciones mineras en Sudamérica.

Los relatos agrupados bajo el título común de Cuentos crueles merecieron los elogios de figuras de las letras francesas de la época con tanto peso como Stéphane Mallarmé, a quien el autor conoció en 1864 en casa de Catulle Mendès y con quien colaboraría, junto al Rémy de Gourmont y otros como Heredia o Coppée, en el Parnasse contemporain. Un gran impulso a su fama vendría en boca de Jean Floressas des Esseintes, el protagonista de la novela À Rebours de Joris Karl Huysmans, que lo menciona como uno de los maestros del simbolismo y el decadentismo y comenta elogiosamente varios de sus cuentos.
Con ellos el autor se proponía “aterrorizar al lector” así como “Faire penser!” (hacer pensar). Mallarmé deseaba que dicha obra provocase al burgués “tales náuseas que llegue a vomitarse a sí mismo”. La mayor parte de los textos de Villiers anteriores a estos cáusticos escritos habían pasado sin pena ni gloria. Obras como sus Primeras poesías (1859), la novela Isis (1862) y las piezas teatrales Ellen (1865), Morgana (1866), Rebeldía (1870) y El nuevo mundo (1875) cosecharon poco más que una indiferencia mayoritaria. Los Cuentos crueles fueron escritos a lo largo de un período de unos quince años, teniendo a Edgar Allan Poe como uno de sus principales referentes (Villiers era un gran conocedor de la obra del escritor americano, hasta el punto de que era capaz de recitar algunos de sus cuentos de memoria). Fueron apareciendo en publicaciones como Gil Blas o la Revue des lettres et des arts, de cuya redacción formaba parte Villiers, y editados globalmente en 1883. Antes de darles su título definitivo, el autor barajó otros como Cuentos taciturnos, Historias misteriosas, Historias filosóficas o Historias enigmáticas. En total suman 28 relatos: “Las hijas de Bienfilâtre”, “Vera”, “Vox Populi”, “Dos augures”, “La cartelera celeste”, “Antonia”, “La máquina de Gloria S.G.D.G.”, “El duque de Portland”, “Virginia y Pablo”, “El convidado de las últimas fiestas”, “¡No confundirse!”, “La impaciencia de la multitud”, “El secreto de la antigua música”, “Sentimentalismo”, “La más bella cena del mundo”, “El deseo de ser un hombre”, “Flores de tinieblas”, “El aparato para el análisis clínico del último suspiro”, “Los bandidos”, “La reina Isabel”, “Sombrío relato, narrador aún más sombrío”, “Intersigno”, “La desconocida”, “Maryelle”, “El tratamiento del doctor Tristán”, “Cuento de amor”, “Recuerdos ocultos” y “Epílogo. El anunciador”. En 1888, junto a sus Historias insólitas, vio la luz una segunda remesa bajo el título de Nuevos cuentos crueles. Las ediciones modernas suelen englobar las dos entregas en un mismo volumen.

El tema del amor más allá de la muerte aparece en “Vera”, en sintonía con el exacerbado idealismo del autor y su fe en la superioridad del espíritu sobre la materia. Lamenta amargamente la ceguera de las masas en “Vox Populi”. En “El convidado de las últimas fiestas” o “Flores de tinieblas” muestra un reverso perturbador de la sociedad mundana parisina de la época, a la par que describe ocupaciones “poco ortodoxas”. Algunos, como el citado “Vera”, poseen un cariz fantástico, que en ocasiones linda, al igual que ocurre en su novela La Eva futura (1886, cuyo título parece haber inspirado el del libro de Angela Carter La pasión de la nueva Eva) con el terreno de la ciencia ficción; otros pueden considerarse cercanos al poema en prosa, y otros son los cuentos propiamente “crueles”, dardos disparados arteramente contra determinados aspectos de la sociedad que le tocó vivir. El poder del dinero para corromper los sentimientos más nobles se trata en “Virginia y Pablo”, mientras que la sordidez de la vida burguesa es retratada en “¡No confundirse!”. Gran parte de ellos están enmarcados en el otoño y la noche de esa “ciudad de lo extraordinario” que para el autor era París, y poblados en muchos casos por mujeres fatales de belleza medúsea y sombría.

Los aspectos criticados por Villiers no son privativos de su siglo, sino que afectarían también a los que estaban por venir, por ello no han perdido su vigencia. Otros autores como Fernando Díaz-Plaja, Abelardo Castillo, Carlos Arturo Wetzler o Juan Eslava Galán han bautizado también algunas de sus colecciones como “Cuentos crueles”. Asimismo, algunos relatos del modernista hondureño Froylán Turcios que luego serían recogidos en Hojas de otoño (1904) fueron publicados con la denominación de “cuentos crueles” en la Revista Nueva. Muy influido por la filosofía hegeliana y con un marcado interés hacia el ocultismo y el espiritualismo, Villiers desdeñó los valores del positivismo y el materialismo más acendrados, representados y caricaturizados en la figura de su personaje Tribulat Bonhomet, protagonista de una obra homónima que según sus palabras era una “bufonada enorme y sombría, del color del siglo”. Su exacerbado idealismo se manifiesta en la mayoría de sus textos, pero en el drama Axel –cuya conversión en ópera por Claude Debussy fue truncada por la muerte del compositor en 1918– alcanza una singular intensidad, con personajes intensamente sublimados. La capacidad evocadora y creadora de la palabra era fundamental para él.

Para Verlaine sus relatos conformaban una “mezcla genial de ironía, metafísica y terror”, y lo contaba entre los mayores poetas del siglo pese a que hubiera escrito mayoritariamente en prosa. Rubén Darío lo incluyó en su nómina de escritores homenajeados en Los raros junto a Edgar Allan Poe, Paul Verlaine, Leconte de l’Isle, Jean Moréas, el conde de Lautréamont, Madame Rachilde o Léon Bloy; según el nicaragüense, la obra de Villiers “forma un hermoso zodíaco, impenetrable para la mayoría: resplandeciente de los prestigios de la iniciación para los que pueden colocarse bajo su círculo de maravillosa luz”. Según Gourmont en él se hermanaban dos escritores representantes de dos tendencias: el romántico y el ironista, así como “el exorcista de lo real y el portero de lo ideal”. Y según Huysmans, nadie como él tenía la capacidad de alternar la broma y la crudeza; siempre tenía preparado su ingenio, que el novelista comparaba con “un puño llameante dirigido al cerebro”.

Villiers hubiera preferido contar sus historias de viva voz en lugar de tener que escribirlas; sometía sus escritos a constantes correcciones y gustaba de leerlos en voz alta para comprobar de primera mano sus efectos sobre la audiencia. Murió el 18 de agosto de 1889 aquejado de un cáncer de estómago, casi en la miseria, viéndose llevado en ocasiones a escribir en el suelo ante la falta de mesa o diluyendo carbón en agua al carecer de lo más elemental: la tinta.








...por Juan R. Vélez ...por Juan R. Vélez


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1 comentario en Cuentos Crueles, de Villiers de l’Isle Adam

  1. En 1883, la publicación de los “Cuentos crueles” le valió a Villiers de l’Isle Adam cierta notoriedad, pero sus condiciones de vida siguieron siendo precarias hasta su muerte.

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