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Alejandra Pizarnik

Poeta comprometida hasta la muerte con la palabra, con un lenguaje con el que decía, a gritos, la imposibilidad misma de decirlo, Alejandra Pizarnik nos ha legado un conjunto de versos, diarios y prosas poéticas que, una vez y otra, confirman la rigurosidad de su trabajo y la calidad, casi escalofriante, del mismo.

Nacida el 29 de abril de 1936 en Avellaneda, cerca de Buenos Aires, Alejandra Pizarnik –pseudónimo de Flora Pozharnik- era hija de inmigrantes rusos. Sus padres (Elías Pozharnik y Rejzla Bromiker) habían recalado en Argentina dos años antes de su nacimiento, buscando una vida mejor que la que les deparaba su ciudad de origen, Rovne, en Rusia. La familia, compuesta por el padre, la madre y sus dos hijas (Myriam y Flora, veinte meses menor que la primera), residieron en Avellaneda hasta 1953, periodo en el que las dos chicas cursaron sus estudios de primaria y secundaria.

En 1954, terminados sus estudios básicos, Flora se inscribió en la carrera de Filosofía de la Universidad de Buenos Aires y en la Escuela de Periodismo. Sin embargo, sus estudios no fueron más que una excusa –parece ser que no se presentó ni a un sólo examen- para dedicarse a su mayor pasión: la literatura. Fue así como, de los dieciocho a los veinticuatro años no hizo más que leer, escribir y acudir a los cafés literarios y a las librerías de la capital federal. Fue en este periodo cuando se empezó a forjar, a través de sus escritos –entre los que destaca su primer poemario “La última inocencia”(1956)- lo que ella misma etiquetaría como “personaje alejandrino”, esto es, esa imagen poética de Alejandra Pizarnik perfilada por esa voz rota que, en primera persona, iría llenando, de entonces en adelante, todos sus poemas. Ese sujeto inquietante, esa “niña huérfana”, esa “hija de reyes” que va creciendo en cada línea, tiene, por encima de todas, una manera de estar en el mundo que la define: el fragmento. Ese, por ejemplo, “un agujero en la noche/ súbitamente invadido por un ángel” y los tantos otros agujeros que pueblan toda su obra, se presentan como gritos a una realidad que no puede abarcarse, y que, por lo tanto, tampoco puede decirse. Esta experiencia de la discontinuidad, que Maurice Blanchot localiza claramente en René Char y que también podría atribuírsele a las “Voces” de Antonio Porchia, adquiere en Pizarnik la forma de una especie de collage surrealista, en el que cada fragmento ostenta por sí mismo una visualidad casi ontológica. Lo fragmentario es pues, para Pizarnik, también austeridad y despojamiento, “islas de sentido”, como diría Blanchot, por las que la muchacha vuelve a escalar el viento. Porque, como escritora de su tiempo, Pizarnik escribe “lo interminable, lo incesante”, siguiendo la inexorable tendencia de la escritura moderna. Y, sin embargo, es un lenguaje entorno al cual ese escritor, y en este caso Alejandra Pizarnik, construye ese silencio que lo define.

En 1960, y después de estos cuatro años de indagación y aprendizaje poético, Alejandra Pizarnik se trasladó a París, ciudad en la que residió hasta 1964 y donde trabajó para la revista “Cuadernos” y algunas editoriales francesas. También en la capital francesa publicó algunos poemas y críticas en varios diarios y tradujo a Antonin Artaud, Henri Michaux, Aimé Cesairé, e Yves Bonnefoy al castellano, compaginando su trabajo con la asistencia a clases de historia de la religión y literatura francesa en la Sorbona. Sin embargo, fue a su retorno a Buenos Aires cuando la poeta argentina publicó sus principales obras, los tres poemarios “Los trabajos y las noches” (1965), “Extracción de la piedra de locura” (1968) y “El infierno musical” (1971), y su trabajo en prosa “La condesa sangrienta” (1971). En todas ellas encontramos, de nuevo, esa obsesión por la palabra, por la que evidentemente no sólo el yo lírico sino también la propia poeta puede trepar (y caerse) hacia el sentido último de sí misma. Y de hecho, en sus últimos poemarios, Pizarnik empezó a caerse, y no sólo hacia el fondo de su lenguaje, sino también hacia la oscuridad de su desesperación solitaria.

Huérfana y expulsada de aquella patria hacia la que ella misma caminó siguiendo un itinerario dibujado por el viento, su noche, su silencio, su muerte, se le volvieron finalmente intangibles y, por ello, inhabitables. Y este fracaso desde el principio ya conocido se tradujo en sus últimos escritos en un caos sintáctico, en el que las estructuras básicas del lenguaje vuelan por los aires: “Serás desolada y tu voz será la fantasma que se arrastra por lo oscuro, jardín o tiempo donde su mirada silencio, silencio”, sentenció poco antes Pizarnik, sentenciando a muerte a aquellas “Alejandras” que alguna vez la arroparon. La palabra que hubiera podido salvarla, la apuntaba ahora de frente y, con un solo disparo, la hizo caer del viento, arrojándola al centro de la mudez. Calcinada por un sueño implacable que ya no puede compartir ni tan sólo con su silencio, la princesa ha perdido su reino y, hundida su isla, ya no le queda “nada más que ir hasta el fondo”.

Después de varias depresiones, Pizarnik sucumbiría definitivamente a la caída el 25 de septiembre de 1972, mientras pasaba un fin de semana fuera de la clínica psiquiátrica donde estaba internada, y después de haber ingerido, voluntariamente, cincuenta pastillas de Seconal sódico.

Un notable número de novelistas y poetas, entre los que destacan Octavio Paz y Julio Cortázar sintieron hondamente su muerte. Muchos de ellos, desde Juan Gelman y Raúl Gustavo Aguirre hasta poetas de las nuevas promociones como Federico Moreyra y Alicia Bello, dejaron testimonio de su pena en poemas publicados en diarios y revistas: “Pero otra vez te digo, / ahora que el silencio te envuelve por dos veces como un manto: / en el fondo de todo hay un jardín. / Ahí está tu jardín, / Talita cumi”, le dedicó su amiga Olga Orozco.

Hoy, a más de treinta años de su muerte, el jardín que fue y que es la escritura de Pizarnik sigue florido hasta los bordes. Para acceder a él, sólo hay que leer, aunque sea a pedacitos, sus “Diarios”, su “Prosa completa” o su “Poesía completa”, los tres volúmenes editados recientemente por Lumen.








...por Carme Bosch ...por Carme Bosch


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2 comentarios en Alejandra Pizarnik

  1. Hacia el final de su vida, Alejandra Pizarnik declara que su ideal sería hacer poesía con cada minuto de su diario vivir: “Ojalá pudiera vivir solamente en éxtasis, haciendo el cuerpo del poema con mi cuerpo, rescatando cada frase con mis días y con mis semanas, infundiéndole al poema mi soplo a medida que cada letra de cada palabra haya sido sacrificada en las ceremonias del vivir”.

  2. Al final de la vida de Alejandra Pizarnik, la coherencia de su obra queda interrumpida y se reduce a un casi caos sintáctico, donde se rompen las secuencias lógicas y las estructuras del lenguaje.

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